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jueves 22 de abril de 2010

Aquí estamos, pero de ahí no salimos… o nueva novela, viejos problemas

Por: Antón Vélez Bichkov

En las telenovelas cubanas hay algo evidente: el (los) que las escribe(n) no tienen ni la más mínima idea de lo que es su técnica y su arma principal, la creación de situaciones. Conozco un muy buen periodista que me criticará tanto totalitarismo de primera y pata. Ni bien empecé y ya estoy dando conclusiones, cuando lo ideal, siempre será, dejarlas para el final.

Pero sucede que dicha carencia es tan evidente, que enunciarla, podría ser llover sobre mojado. Por ende, me perdonarán que sea tan radical de cuajo y que cometa otro 'gran pecado' - el de no ver mucho, para sacar conclusiones tan globales - pero la historia de las novelas cubanas y sus sucesivos fracasos, es tan larga, que no creo que haya que hablar demasiado para convencerlos. La actual (la reciente Aquí estamos) parece repetir a pie juntillas los defectos de sus predecesoras, que si no fueran tan burdos, podrían calificarse ya como un (triste, dicho sea de paso) 'estilo'.

Pero bueno, vamos por partes, como diría el destripador Jack y analicemos lo que hasta ahora nos ha mostrado (o no) la novela, que se suponía salvara la honrilla del dramatizado nacional de estreno, de regreso luego de meses de exilio de las pantallas y (una vez más) suplido por otra no menos impopular retransmisión (la 'segunda temporada', como se ha dado en decir, de El balcón de los helechos, también con pretenciones de alta dramaturgia, pero que se queda en eso... la intención).

La telenovela, como casi todo en la vida tiene un ABC. Y aunque sé que muchos dentro de la TV Cubana tratan de negarlo, no creo que deba explicar demasiado en qué consiste. De hecho, el público, es el que mejor lo domina. Tan pronto algo se sale del carril, la reacción no se hace esperar. ¡Ah, pero es natural, la reacción ante lo nuevo!, dirán aquellos que buscan la subversión del género (sin tener ideas concretas para lograrlo).

Sin embargo, a nadie se le ocurriría reiventar el huevo frito o descubrir el agua tibia. Al huevo se le puede echar aceite en vez de grasa y utilizar un caldero, en vez de una sartén para freírlo... pero el proceso continúa idéntico. Así con la mayoría de las cosas. Todo tiene un principio, un sentido, una forma, el buen oficio, la especialización, sus especificidades. Ahhhh, noooo, pero aquí, como hablamos de un producto 'artístico' (las comillas son más que necesarias), todos meten sus narices, aunque pocos sepan lo que huelen...

Así pues, la nueva novela es víctima de esa misma tendencia 'innovadora', que con sus defectos quizás honre su nombre, pues 'aquí estamos', pero de ahí no salimos. Convengamos, que hacer una 'telenovela clásica' a la cubana, resulta un poco difícil, ya que el entorno actual, en apariencia - lo recalco - no permite reeditar las estructuras del más usual folletín (no hay aquí esa brecha clasista tan recalcada y que es base de los novelones made in Televisa, Telemundo o incluso, TV Globo: chica pobre quiere chico rico, chico rico quiere chica pobre... aunque los ricos y pobres, últimamente van emergiendo, muy a pesar de los deseos oficiales).

Pero una cosa es querer contar la 'Cenicienta', como la cuentan ellos. Y otra muy diferente es contar nuestro propio cuento de hadas... porque eso sí, la telenovela, puede irse a mil años luz de El derecho de nacer y evitar los excesivos lloriqueos de los culebrones de Delia Fiallo, pero no puede perder una cualidad: hacer soñar. La esperanza no debe faltar, hasta en los más siniestros retratos novelados de las sociedades, que utilizan a la perfección los pinceles del género, aunque sus colores sean otros (vean el nunca perecedero ejemplo de Vale todo o Roque Santeiro, con la crítica social en una mano, pero con el folletín bien agarrado en la otro, incluso un folletín novedosos y diferente, como es el caso de la segunda).

Esperanza, no es necesariamente sinónimo de idealización - confusión muchas veces presente en nuestros proyectos... Ahí están las 'mansiones', que se 'viven', pero no se ‘explican’. No dudamos que La Habana esté llena de buenas casas, que tienen de todo, pero casi siempre, en la vida real, esas casas, tienen su explicación por detrás (tiene un familiar en el extranjero, trabaja en una firma o incluso, es dependienta de una TRD o una instalación hotelera). Nadie lo cuestiona. Todos lo entienden. Ahora, cuando los caserones se presentan como el promedio de las viviendas del cubano común y corriente, ahí enseguida empiezan las protestas y los justos reclamos contra la enajenación.

Siempre he creído que nuestra realidad da para hacer buenos novelones, con enredos, intrigas y mucho amor (¿o es que el amor romántico y apasionado es exclusivo de 'afuera'? ¿no se aman los cubanos como todo el mundo?). Lo que sucede, que para poder escribirla hay que saber cómo y es lo que falla en la mayoría de las ocasiones. Y si al menos, dijéramos que saben escribir en general, pero sucede que no. Hay mucha improvisación, pobre dominio de la técnica dramatúrgica y más que eso, de las estructuras televisivas y de una gran y necesaria capacidad: la de crear situaciones (con apellido 'novelescas', si ese es su gusto).

Creo que desde que apareció el cine, más ha primado la estructura, que la dramaturgia para concebir guiones. Hay que tener arte, claro está, para que la obra no se transforme en una mera plantilla con nombres y locaciones cambiadas. Pero hay que saber cómo estructurar un guión, a partir del tipo de programa que queramos elaborar. La telenovela, evidentemente, no tiene los mismos requerimientos del policíaco o de la comedia de situaciones (sitcom), aunque pueda apropiarse de esos códigos y fundirlos con los suyos. Para poder salir de algo, lo primero que hay que hacer es estar en él y lamentablemente, desde que empezaron los famosos Horizontes y se exilaron las tan criticadas novelas jaboneras de la radio, en Cuba se ha estado en el limbo genérico, pues aunque lo que se escribiera adoptara la forma externa de una telenovela, jamás, llegó a serla.

Quien piense que Delia Fiallo, por escribir churros como Lucecita, Esmeralda o La señorita Elena - las más versionadas, con más de 5 remakes cada una - era una especie de inválida mental, incapaz de crear algo artísticamente más valioso y profundo, se equivoca. Esa señora, recuerdo haber leído en una revista española, se graduó de Filosofía & Letras, en la Universidad de la Habana y aunque no tuviera el título, el sólo hecho de escucharla bastaría para entender que con las limitaciones que impone su crianza y su tiempo (nació en 1918), era y es una mujer de inteligencia respetable y que supo exprimir de las complejas emociones humanas, sus gotas más elementales, para con ese y otros ingredientes más hacer algo que podríamos llamar 'arte popular'.

Lo mismo le sucedía a Inés Rodena, otra cubana con más de 30 novelas, regrabadas cada una varias veces hasta hoy con idéntico éxito. En esta lista de ilustres novelistas cubanos no podemos dejar de mencionar a Caridad Bravo Adams, Dora Alonso y claro está al maestro de todos Félix B. Caignet.

La brasileña Ivani Ribeiro - con 38 telenovelas en el currículo - también era versada en cuestiones filosóficas (con su respectivo diploma). Janete Clair, la Maga de las 8, era un 'simple actriz de radio', pero con una inteligencia emocional descomunal, sobre cuyas bases se construyó el actual imperio mediático de los Marinho (Organizações Globo).

Clair, fue un poco más allá de sus colegas latinas y fue moldeando un género, que se coció definitivamente en la forja de Gilberto Braga, el más refinado autor de folletines de la actualidad. Cuando analizamos las espinas dorsales de las tramas ¿qué vemos en la superficie? Un chisme. En el fondo, sin embargo, hay un complejo entramado social, que retrataba las más agudas contradicciones que experimentaba la sociedad de aquel país en una de las épocas más complejas (matizada por un proceso de rupturas entre lo antiguo y lo nuevo, lo rural y lo urbano y si no bastara, una dictadura, que poco o nada, permitía decir).

Así pues, los guionistas cubanos, se sientan ante la máquina, al parecer con una hoja en blanco y con la expectativa de que una generosa musa baje hasta su teclado y les escriba las telenovelas por ellos. Sucede, que las musas, deben tener las mismas limitaciones del cotidiano y por problemas de transporte (¿qué P tomarán las musas desde el Olimpo a la Habana?) padecen de ‘ausentismo laboral’.

Por eso, como bien recomendaba un maestro de la técnica 'teledramatúrgica' Saúl Rogel, hay que saber y poder programar la trama hasta lo infinito, pues nada se debe dejar a la improvisación (aunque el artista 'genuino' se permite licencias, claro está...)

Los modelos de producción, también inciden de forma negativa. La TV Cubana crea un producto natimuerto, algo que no está 'vivo', pues nace con todos sus capítulos listos, sin la posibilidad del elemento más enriquecedor de este tipo de realización: el feed-back (o retroalimentación, para usar un término en castellano y menos tecnicista).

La empresa de telenovelas del ICRT es (o era) una empresa en perfeccionamiento y siempre me pregunté ¿cómo? si no había forma de medir su rentabilidad o sí. Y evidentemente, rentable no es... pues las telenovelas se hacen, se emiten, no siempre (pocas veces) gustan y luego se guardan, para cuando más... una retransmisión o segunda, tercera, cuarta e incluso quinta temporada (como jocosamente lo ha bautizado el pueblo, acostumbrado a las series foráneas). De venderlas ni hablemos... Eso se logró con unas pocas y para eso cumplían con el canon (aunque en su más baja expresión, la tipo Venevisión o RCTV, de lo peorcito del mercado).

¿Cómo se puede invertir en un producto que al fin y al cabo sólo dará pérdidas? (no será una obra de arte en sentido estricto, no logrará la comunicación absoluta y lo único que conseguirá cabalmente es rellenar las horas de un público, que cada vez menos se conforma lo que lo que le empujen y prefiere migrar para los DVD o las computadoras y ver los 'seriales', que están haciendo furor o ver las novelonas made in México, copiadas del 23 ó el 51). Mejor dicho, se sabe cómo se puede... lo que no se sabe es que se considere una empresa en perfeccionamiento, cuya máxima es la eficiencia.

Pensarán algunos que me leen ¿y a qué se metió este en tan escabroso tema? pero es evidente, que si los novelistas escribieran bajo otro modelo, al menos tendrían la oportunidad de la rectificación, hoy desterrada de plano, con la consiguiente insatisfacción estética, popular y económica.

La actual telenovela peca de varios problemas, que someramente enuncio... Si se corrigen, el tiempo lo dirá... aunque es difícil que la 'montaña para a un ratón'. O deberíamos usar el adagio al revés.

Su marco de acción fue una opción fatal. El día que los 11 millones de cubanos seamos afiliados del Consejo de las Artes Escénicas o al menos miembros de un movimiento de aficionados, quizás conseguiremos identidad más directa con el meollo del conflicto: el mundo de las tablas. Sin embargo, la mayoría no sólo no entiende nada de teatro, ni de sus intríngulis creativos, sino que ni siquiera puede reconocer entre intrigas y trapisondas del mundo teatral los tan bien enmascarados conflictos del cotidiano. La metáfora vale, ¡cómo que no! pero en este caso, se ha buscado un contexto con demasiadas especificidades propias, allende de los conflictos habituales del día a día.

Empezar con una aburrida (en la trama y fuera de ella) obra de teatro híper-conceptualista y que ocupó más minutos de la cuenta en pantalla, evidentemente no fue una buena opción para despegar. Si eso es lo que nos va a situar en lo que veremos a continuación, tenemos todo el derecho del mundo de cambiar de canal (¿para cuál... digo?) o apagar el televisor, pues lo que se anuncia no es muy estimulante. La técnica, recomienda un 'detonante', algo que impulse la trama hacia adelante (o quizás no, basta con que nos enganche) e incite continuar en sintonía.

Quien pensó que saldríamos del 'tema' a la 'trama', se equivocó, pues seguimos durante la próxima media hora, escuchando sobre las frustraciones creativas de un recién graduado del ISA, sus limitaciones laborales en provincia, los típicos choques generacionales, así como entramos en contacto con algunos problemas de ética (la novia que compone por el novio, la puja por el viaje, etc.)

Parecería que mal que bien algo sucedía y los 'conflictos' estaban esbozados. Sin embargo, no fue suficiente... 'algo' faltaba. ¿Y éste ‘algo’ qué es? ¿La emoción? Podría ser. ¿La acción? También. Pero sobre todo una 'historia', un cuento... lo que la vecina le contaría mañana a su amiga en la cola, cuando le tocara 'reproducir' el capítulo de la novela que ésta por H o por B se perdió. En las brasileñas no es difícil... Fulana hizo esto, mengano lo otro, se descubrió que ciclano es aquello y zutano, resultó que era esperancejo... En las cubanas, lo invito a hacer el experimento, cuando tenemos que resumir 'qué pasó', muchas veces nos encoclochamos. Podemos decir qué problema aqueja a la persona, pero no las consecuencias que estos problemas traen y provocan.

Y este es otro de los grandes defectos de los dramatizados cubanos: se presentan conflictos, pero no se escriben historias. Me gusta decir que el conflicto es un punto y la historia, una línea. Cuando se narra una historia, difícilmente no haya acción, pues sin ella ésta no avanza. Cuando se escriben 'conflictos', el resultado es idéntico a la tesis de grado de un sociólogo, antropólogo o cualquier otro especialista, cuyo material básico sea la vida cotidiana.

Y en este caso, aunque muchas cosas sean sutilmente reconocibles - todo ahí es 'humano' - no resultan familiares, porque los que las viven, son, justamente tan parnasianos, como esas musas, que los autores convocan - por lo visto en vano - para entretenernos (y según ellos, hacernos reflexionar).

Es evidente, que se trata de una 'coincidencia', pero la retransmisión anterior (el impopular Balcón...), no sólo se desarrollaba en el mismo marco (los pasillos, guión, mundillos del ISA), sino que traía casi el mismo repertorio temático, con el plausible riesgo de saturación (¿cuántas tramas seguidas con lesbianismo de por medio será necesario para lograr lo contrario de lo que se desea? la aceptación). Puede ser falta de 'creatividad' (cosa ya evidente), pero también suena a 'necesidades del medio'.

Está claro que en el ICRT existe una cartilla de temas indispensables para su tratamiento (y no lo cuestionamos, cada medio tiene su agenda temática, lo cual es más que legítimo, más aún viendo que los temas son de extrema sensibilidad popular), pero lo que sí no tiene normado el ICRT es cómo desarrollarlos y ahí es donde entra el talento de esos escritores, que se supone deben volver 'arte', lo que en el papel es un requerimiento.

Ya que hablamos de ellos... ¿a quién tenemos delante? A un desconocido - ningún problema, la sangre fresca, más que recomendable, es imperiosa... ¡no hay guionistas - dicen - en la TV cubana!. Y a un actor, que se estrena además como director. Según Hugo Reyes, su experiencia histriónica debería ayudarlo a crear diálogos más 'creíbles', más 'pronunciables', sin embargo, al oír tres o cuatro capítulos de Aquí estamos, nos preguntamos ¿de qué hablaba él? El airecito coloquial de algunos textos, no compensa la pobreza y el simplismo de otros...

Con diálogos así, ya lo he dicho varias veces, es difícil que un actor pueda sonar orgánico. Ni nuestras mayores 'estrellas' lo lograrían (muchas veces no tienen nada qué actuar, sólo decir parlamentos) ¡¿Qué decir de actores a ojos vista verdes y sin fogueo en el medio?!. Pero la falta de dirección de actores es más que tangible. 'Cheíto' no es precisamente un especialista. Sus anteriores telenovelas lo prueban y aquí, parece no será la excepción. Y si alguna de las figuras (que las hay, con un positivo balance de generaciones) tendrán sus momentos de brillo, será, única y exclusivamente, por su capacidad de sacarle aceite a un ladrillo.

Hasta ahora sólo hemos visto una sucesión de conversaciones (algunas torpemente montadas, la estructura interna de la escena, también debe respetarse), una que otra situación subida de tono en el papel, pero sin la misma fuerza en pantalla (otra vez, falla dirección de actores y escena) y mucho, pero mucho aburrimiento, con las legítimas, pero poco comprensibles aspiraciones del protagonista Pedro.

Sé que sería un extremismo de mi parte, pero si por ejemplo Pedro fuera carnicero y se fuera abriendo paso en la vida, con una posible y loable superación paulatina, con los conflictos del día a día atormentándolo, quizás la respuesta sería más inmediata y directa. Yo sería uno de los que no me identificaría con un vendedor de carne - no es mi registro y no siempre suelen ser un ejemplo 'digno' para la sociedad... ya conocemos sus ‘vicio’ y ‘máculas’ - pero sí me identificaría con el esfuerzo, con el sacrificio, con su voluntad de sobreponerse a las dificultades, pues muchos problemas que pueden aquejarlo a él, pueden ser los mismos que padecen médicos e ingenieros.

Bueno, ahora que lo pienso, el carnicero suele manejar sumas más abultadas... pero la idea está clara: un ejemplo popular, con cualidades arquetípicas suficientes, que logre solidarizar a los que están por debajo y por encima de él... La telenovela clásica triunfa, pues casi siempre, en su eje, tiene a un ‘representante del pueblo’ y aunque siempre terminen ricos, en el camino padece los mil y un tormentos que aquejan a los humanos, independientemente de su clase social. Así pues, es más fácil que un ingeniero se identifique con un carnicero, por atroz que eso suene, que la masa fundamental pacte con las suertes de un actor teatral, cuya principal inquietud es la imposibilidad de realizar sus necesidades creativas. Hace falta (tele)transportarse demasiado... (ahí está el ejemplo de Espartaco, el último grito en términos de ‘seriales de computadoras’: Roma, entre el 113 y 71 a.n.e. y aún así consigue la identidad de los espectadores cubanos del 2010, pues trabaja a la perfección una cosa: las emociones humanas).

Si la telenovela quiere capitalizar su atención a partir de la naturaleza, aparentemente, chocante de sus conflictos quizás lo logre... pero no creo que lo haga por su narrativa, ni tampoco por su lenguaje, ni mucho menos por lograr una debida identificación con sus caracteres. Y así, tendremos, los próximos 3 ó 4 meses (quizás más) diarias polémicas en los centros de trabajo, donde muchas veces indignados, ya sea por aburrimiento, como por la sensibilidad herida, reclamemos de la ‘nueva’ novela cubana, que lo único que trae es viejos problemas.

PS. La escenografía y la música, hasta ahora, son de lo más salvable. Vamos ver si la lista crece con los días.

lunes 11 de enero de 2010

Los sueños de Gilberto Braga o, el show debe continuar...

Miradas - Los sueños de Gilberto Braga o, el show debe continuar...
escrito por Antón Vélez Bichkov. (Fragmentos). Mientras Gilberto Braga sueña con obtener el 100% de audiencia en el último capítulo de su más reciente ...
www.eictv.co.cu/miradas/index.php?option=com... - En caché

La burbuja", en el cubano Cineclub Diferente: Del amor y "otros" sacrificios


A unas 48 horas del Día de los Enamorados y con la fatalidad de un viernes 13 acechando, el Cineclub Diferente de La Habana, que todos los terceros jueves de cada mes presenta films sobre diversidad sexual, proyectó la cinta de 2006 "La burbuja" (Ha-Buah, su título original en hebreo), del director Eytan Fox.

Qué decir, parecería una paradoja, pero esa proximidad de una fecha cargada de supersticiones y la luz de un día dedicado al amor, no sólo fue una coincidencia cronológica, sino que da chances a muchas lecturas conceptuales. Eso sin contar, que no hace ni dos meses volvieron a subir de tono las tensiones entre sionistas y palestinos.

Ambos días (Viernes 13 y San Valentín) están marcados por el martirio y el sacrificio. El Viernes 13 se incrustó en el imaginario colectivo como fecha de pavor luego de una masacre allá por el medioevo, cuyos detalles, sinceramente, se me escapan de la mente. Ya el día de Valentín, patrono de los enamorados, recuerda la inmolación de un sacerdote de los primeros años de la cristiandad, que en nombre del amor se sobrepuso a las convenciones y autoridades de sus tiempos.

Así las cosas, la historia de amor de Ashram (Yousef Sweid) y Noam (Ohad Knoller) tiene implícitos todos estos elementos, para bien y para mal.

Todo comienza en un puesto fronterizo palestino-israelí. Noam cumple su servicio militar. Ashram viene del otro lado de la línea divisoria con un grupo de viajeros árabes. Una de sus compañeras rompe aguas y se pone de parto. Contrario a la expectativa general – visto el desdén e incluso la crueldad de los guardafronteras hebreos – el joven soldado ayuda a la parturienta a dar a luz a su criatura, que sin embargo, nace muerta. Lo que quizás sea un simbolismo del destino de ese amor condenado a morir incluso antes de nacer.

El director evidencia desde el principio la tensión existente entre ambos bandos para darnos el color exacto de lo que vendrá después. Pero rápidamente cambia el tono y es como si a partir de ahí tejiera una historia completamente diferente. El conflicto social presentado en toda su crudeza va cediendo terreno ante una historia de relaciones y sentimientos, de encuentros y desencuentros. Y no es que pierda el rumbo. Muy por el contrario. Él conoce – o al menos intuye – que sólo la emoción es capaz de encausar la solidaridad de forma absoluta. Que no hay sentimiento más próximo para la audiencia masiva que el amor. Y es por ello, que con pericia va traduciendo al idioma que ‘todos comprenden’ la complejidad del conflicto árabe-israelí.

El bombardeo noticioso nos hace indiferente al bombardeo real y cotidiano que sufren las comunidades palestinas ocupadas por Israel. Nos acostumbrados. Es una noticia más o la misma noticia de siempre. Sin embargo, ante la empatía que se establece a partir de un conflicto de relación, la cosa cambia.

Si no todos – gracias a Dios – hemos padecido el cañoneo incesante de un enemigo atroz, todos hemos, en algún momento, sufrido por amor. Entonces imaginen lo que sucede cuando nos llevan por la senda de un amor espontáneo (como el primer beso de los protagonistas; inesperado y quizás por ello algo forzado, pues en momento alguno se dejó traslucir que entre ambos surgiera una química), limpio y luminoso. Un amor de sentir envidia, enviada sana, claro está.

Guionista y director nos muestran lo grande que es para que luego entendamos lo grande que la pérdida puede ser. Pero no sólo nos apunta hacia ella, sino hacia sus razones. Fox nos indica – y reparen bien en la palabra – cómo las incomprensiones, los odios, la falta de comunicación, la presión social, la ‘fuerza mayor’ se pueden interponer en la claridad de una relación que nace en lo más bello del alma.

Noam y sus amigos acogen a Ashram, que ha venido a Tel Aviv sin documentos y por ende está ilegal y bajo riesgos. Y ni siquiera esta circunstancia rompe la aparente atmósfera de vivacidad de este grupo de muchachos, que aún y cuando tienen inquietudes altruistas, prefieren mantenerse al margen de la Política con ‘p’ mayúscula. Esto al mismo tiempo refleja la situación real de Ha-Buah (La burbuja) ese barrio capitalino en que parece reinar el respeto y la tolerancia, pero al mismo tiempo está en función de la narrativa, que reiteramos, prefiere evitar el martilleo ideológico.

No hay aquí pugnas en que los amantes defiendan a sus bandos. No hay discursos, ni panfletos. Hay apenas pinceladas, gotas informativas que nos van dibujando el conflicto que, tal parece, ha sido definitivamente vencido por la fuerza del amor sincero.

Pero la realidad es otra. Como bien reparó uno de los participantes del posterior debate del film la frase “nuestro amor es explosivo” resulta ‘profética’. Señal de la calidad del guión, que aunque en algunos momentos pueda parecer plagado de detalles estériles y redundantes, justamente, busca introducirnos de lleno en una atmósfera próxima a la ensoñación, para luego darnos la contundente sacudida final – realista y simbólica, al mismo tiempo. No creo que este amor podría tener otro final. Tanto por la opresión social que vive Ashram entre los suyos, como por el hecho que el idilio como punto final jamás retrataría la esencia de ese conflicto que por ahora parece no tener fin.

Aquí el margen a lecturas es amplio. Pues si bien la relación física termina, ésta se hace eterna en la perpetuidad de su martirio. Se muestra que el amor es eso: sacrificio. Sacrificio que va desde lo más mínimo e insignificante, como ceder ante una costumbre boba del ser amado, hasta brindar la vida por y con el otro. Fox deja en abierto si Noam va al encuentro de su hombre para impedir el acto terrorista o para fundirse en él; sin embargo prefiero pensar que no. Noam sabe que más se ha perdido de lo que se puede salvar y busca en ese abrazo mortal la redención.

Así pues este es un film con una rica intertextualidad, presente en escenas, citas (como la del clásico Bent, otra obra donde el amor gay se ve expuesto al sacrificio), canciones (The Man I love) y un largo etc. que depende más del ojo del que la ve, quizás, que de la intención del que la hizo. Es un rico ejercicio de reflexión, marcado por la satisfacción estética que, si nos movió, al menos, una fibra de nuestra consciencia, ya cumplió con su cometido general.

El Cineclub Diferente es una iniciativa del Centro de Educación Sexual de Cuba (Cenesex) y el Instituto Cubano de Artes e Indústria Cinematográficos (ICAIC) que busca no sólo proyectar cine de temática GLS, sino sensibilizar a la audiencia con estos aspectos. Es conducido y moderado por el crítico y escritor Frank Padrón Nodarse.
Escrito por © Antón Vélez Bichkov (Cuba)-NOTICINE.com
Lunes 16 de Febrero de 2009 09:55

PINTURA: LOS MUCHOS MUNDOS DE OLYMPYA ORTIZ


Si le preguntaran a cualquier persona cuántos mundos existen, obtendríamos tantas respuestas, como creencias espirituales conviven con nosotros. Un católico hablará de la Tierra, Paraíso y Purgatorio, lugar donde, según la voluntad expresa de la Santa Madre Iglesia, los menos afortunados moralmente van a purgar sus culpas e iniquidades.

El budista puede que te hable del Nirvana, ese estado de gracia en el que está aquel que haya comulgado con la esencia divina – un mundo aparte en cierto sentido. Quien profese algún culto de origen yorùbá nos puede explicar sobre la existencia de nueve planos místicos (los Òrun), en los cuales se distribuyen las ‘almas’ según sus méritos o defectos.

Ahora, si indagamos por esta cuestión con un artista de la plástica, independientemente de su credo o confesión, este nos dirá que existen esos y su mundo particular, el que mediante su arte e intelecto, se refleja en el sinfín de soportes y recursos expresivos que están a nuestro alcance.

Ese es el caso de la artista cubana de la plástica Olimpia Ortiz Porcegué (Sancti Spíritus, Cuba, 1960). Olympya, como se conoce desde sus comienzos entre la grey intelectual cubana, es dueña de un don singular que podríamos equiparar a una especie de mediumidad, como la de la mayoría de aquellos que escogieron el arte como camino – es necesaria una sensibilidad casi sobrenatural para captar las sutiles señales que Dios, el Universo o quienquiera que sea nos envía para nuestro enriquecimiento intelectual y humano.



Sus cuadros son el mundo tangible visto a través de su pupila multi-decodificadora – valga el neologismo – e incluso un poco más allá. Es como si esta intensa artista de la generación de los 80 – hoy en día, desparramada por el mundo – tuviera la capacidad de mirar por las rendijas que en minúsculas dosis nos revelan lo que hay más allá de la cortina de lo material; como si ella tuviera la capacidad de adentrarse en el mundo del espíritu y traer a nosotros sus criaturas: unas luminosas y elevadas; y otras, la viva estampa del espanto y los horrores.

Su pintura habla de vicios y virtudes. Los primeros se presentan más, pues ante su naturaleza inconforme, cuestionadora, siempre crítica, no pasa por alto las cosas que más que molestarla, le duelen y la laceran. Ella sufre y padece las sombras del mundo en que le ha tocado vivir – aunque lo ha encarado con valentía excepcional – y hace de su arte un peculiar método de exorcismo y cura para sacarse de adentro los demonios que atentan contra todo lo que hoy es sagrado para el ser humano.

Ha tenido varias etapas, pero en todas ellas ha basado su expresividad en una fantasmagórica gama de personajes, con buena dosis de grotesco. Debe ser así que se presentan ante esta traductora de señales las cosas de este y el ‘otro’ (o los otros) mundo (s).

Heredera de una raigambre artística de siglos, como si fuera encarnación caribeña y de estos siglos (el XX y XXI) de grandes maestros de la plástica europea: Rubens, Rembrandt, Goya (con quien su identidad es aún más clara), Olympya hace de los colores lúgubres y su combinación el factor definitivo para crear esas densas atmósferas.

En su pintura abundan citas de grandes cuadros (ángeles, demonios, cruces, Cristos, mármoles y piedras…) y son recurrentes muchos elementos propios (columnas, calles, malecones, redes, anzuelos, mar… vacío).

Tampoco puede negar que es hija de su cultura mixta, mestiza. Junto a tan clásica iconografía conviven claros signos de la sincrética religión del cubano: eshús, ngangas, velas, palmas, plátanos, huevos, signos, firmas… todo un repertorio de mágicos atributos, sin los cuales la cubanía hoy, difícilmente, podría estar completa.

Y aunque en su más reciente zafra poética – porque ella es eso, una poetisa del pincel y a veces, incluso de la palabra, pues también escribe – se construyó sobre la base de los grises y afines, el ‘color’ va retornando a su obra poco a poco, como si retornase a su vida la esperanza (aun y cuando nada la preanuncia). ¿Será que hay algo porque luchar y vivir? ¡Claro que sí!



La prueba es esta obra multifacética y con vitalidad progresiva, que hasta ahora siempre ha tenido la capacidad de decir algo y no estancarse en los signos de lo predecible, lo gastado o lo complaciente. Esta obra que como un hacha de dos hojas se hunde en la carne del que prefiere un discurso único y totalitario, el discurso de la injusticia y la humillación de lo humano. Es el arma más revolucionaria y al mismo tiempo pacífica, que no busca hacer política, sino sembrar vida.

Contrario a la idea de que nadie es profeta en su tierra, Olympya ha sido acreedora en este 2009 de la Llave de la ciudad de Sancti Spíritus, que la vio nacer. Sabemos que estas distinciones se entregan más en el ocaso, que en el apogeo de la creatividad o accionar de una personalidad; sin embargo, la administración local decidió hacerlo y dedicarle la jornada por el 495 aniversario de la localidad.

Asimismo fue escogida en 2008 entre las 12 pintoras extranjeras más importantes de Alemania, donde expuso a principios de ese año. La casa Christie’s subastó una de sus creaciones. Algo semejante sucedió en los Estados Unidos, donde tuvo el privilegio de haber sido la única pintora cubana agraciada por la atención de la familia Rockfeller, uno de cuyos miembros adquirió un dibujo de la artista, en otra subasta. El MOAM de Nueva York (Museo de Arte Moderno) la tuvo hace poco entre sus paredes, en compañía de otros creadores de la isla, promovidos y curados por la norteamericana Linda Howe.

Y aunque su promoción en el país aún deja que desear, el respeto y reconocimiento de la clase artística hacia su creación es evidente. Ellos saben del alcance y los calibres de esta traductora de emociones y señales, Olympya Ortiz Porcegué.

****PUBLICADO ORIGINALMENTE EL 12-11-09 EN EL PORTAL VOZ DE LA ATEI

El cuerno de la abundancia: Entre la risa fácil y las lecturas profundas****


Reír para no llorar. Parece ser esa la fórmula que hace unos tres lustros viene aplicando el cine cubano en buena parte de sus producciones. Si es consciente o no, eso sólo Dios lo sabe, pero que las críticas llueven es una realidad tangible y cotidiana.

El público se divide en dos: entre aquellos que agradecen la carcajada más espontánea y reparadora y los que ven en esto síntomas de escapismo y falta de seriedad.

El cuerno de la abundancia, la más reciente propuesta de Juan Carlos Tabío, no huye de esta regla de darnos risas fáciles, que, no obstante, a menudo enmascaran toques de amargura. Lo cierto es que los cines están llenos y la mente no sale tan vacía al terminar la proyección; más bien al contrario.

De cualquier manera, aunque el filme no deja de padecer los pecadillos que últimamente asolan al cine cubano (falta de rigor en esos detalles que hacen una producción verdaderamente impecable, como pueden ser los diálogos o ciertas actuaciones y algunos pies forzados, así como un casting muy prefabricado y no siempre certero), su paso por los circuitos no debería pasar inadvertido, entre otras cosas, porque pone en sutil evidencia partes poco ventiladas de la sociedad cubana de hoy.

Una buena porción del cine de Tabío es así: entre las risas, se va filtrando la realidad, que encarada desde una perspectiva más sobria, y digamos ‘seria’, requeriría de un tratado en varios tomos, cuya efectividad bien podría cuestionarse. El cubano de hoy no necesita un ladrillo - como suelen llamarse aquí las obras tediosas y pesadas por dentro y por fuera -, sino que necesita reflexionar; y la reflexión -está demostrado- puede venir por más de un camino.



Lo cierto es que la mayoría de los últimos intentos de sintetizar la realidad nacional desde lo dramático se pierde en la falsedad tanto de su forma como de sus emociones. Salvo el populismo exacerbado, todo lo demás suena falso, forzado, como si aquellos que hacen estos filmes o seriales - el mal contamina cine y TV - vivieran en Marte o en un planeta aún más distante, y no en la esquina próxima, en medio de la multitud. ¿Acaso hay mejor atalaya para observar lo que sucede día a día aquí y ahora?

Así las cosas, Tabío tiene buena mano para tejer estas historias que se pasean por lo cotidiano a partir de lo cómico, y que de paso van sacando los ‘trapitos sucios’ a la luz pública, con ingenio e ironía. No hay que ser un Salvador Dalí del celuloide, ni subvertir la gramática cinematográfica, para hacer obras dignas y, sobre todo, trascendentes.

De hecho, más logradas parecen Se permuta (1983) y Plaff (1988), dentro de su innovación juguetona, que otros títulos más pretenciosos, como podrían ser Guantanamera o Lista de espera. La fuerza de lo popular se siente aquí de forma evidente, y aquellos que años después las vean pueden decir con certeza: sí, eso era la Cuba de aquel entonces.

Lo mismo sucede - detalles más, detalles menos - con El cuerno de la abundancia, una historia que no necesita ser biográfica para ser real; entre otras cosas, porque los mitos sobre herencias millonarias que le tocan, a su vez, a una millonaria cantidad de herederos, son tan comunes en la Isla como las decepciones que acarrean.

No menos cierto es el antagonismo velado -y no tanto- que se establece entre ‘nobles’ y ‘plebeyos’; y no hablamos de los Castiñeiras con "I" o los Castiñeyras con "Y" - según uno de los personajes, razón de diferenciación entre ambas ramas de la familia objeto del abultado legado - sino los Castiñeiras con familia en el exterior y sin ella. También se desvelan los amores preñados de intereses; los dos mil y un conflictos generacionales (agudizados por la convivencia forzosa bajo un mismo techo); las ‘travesuras’ extralegales buscando ese centavo que nunca alcanza; o los fundamentalismos ideológicos y su consecutiva intolerancia. Hasta el rechazo a la diversidad sexual aflora en este filme, eso sí, de ‘contrabando’, más como un lugar común que como una necesidad expresiva.




Así pues, parece que pocas cosas escapan a la lente crítica de Tabío, que aunque no haya creado con esta película "La divina comedia" del cine cubano, logra entretener de un modo constructivo y agrega un capítulo más a la crónica fílmica de la vida nacional.

Sin dudas, la mejor escena es la que más tintes periodísticos reviste, pues alude a la huida de la isla de unos balseros. ¿Quién puede negar que la realidad muchas veces supera la ficción, y que aquellas personas que escogieron partir del país en un automóvil americano de los 50 haciendo las veces de balsa rompieron todas las barreras de la originalidad?

Es vox pópuli que en el litoral de Santa Fe, al este de La Habana, unos inventivos emigrantes - ilegales, dicho sea de paso - decidieron taponear todos los agujeros de un vetusto auto norteamericano para que no hiciera agua y emprendieron la travesía de las 90 millas hasta el sur de la Florida, donde deben haber recibido asilo, como ya es costumbre.

Al menos, el público quedó fascinado en la noche del estreno y no sólo rio a mandíbula batiente, sino que ofreció una efusiva salva de aplausos y chiflidos.

La crítica nacional aún no ha ‘dictado sentencia’, las colas siguen en los principales cines de la capital y la virtud final de esta cinta, aún está por demostrarse. Ahora, que El cuerno de la abundancia es un producto correcto, de naturaleza refrescante y con las puertas abiertas a disímiles lecturas, no se puede negar. Y ya por eso vale.
****PUBLICADO ORIGINALMENTE EL 12-03-09 EN EL PORTAL VOZ DE LA ATEI

Los dioses rotos: la realidad, el arte y el mundo interior****


Se estrena en los circuitos comerciales de la Habana ópera-prima del realizador cubano Ernesto Daranas Serrano con gran acogida del público

Al Festival de Cine de la Habana no le gusta la filmografía mainstream. Por eso ignoró (sumariamente) Olga del brasileño Jayme Monjardim unos años ha. Por eso - del mismo modo - ha ignorado Los dioses rotos, ópera-prima del cubano Ernesto Daranas Serrano en su más reciente edición. Ambos vienen de universos distantes de la sintaxis cinematográfica (la TV y la radio) y por ende narran de un modo que no complace a jurados, ni estetas rebuscados, cuyo placer parece provenir de todo lo que es raro e ininteligible. Pero sí saben mirar fijamente a los ojos del gran público y mantener la mirada sin titubear. A ese gran público que no sólo bebe en sus obras, sino las vive y se apasiona, al punto de la fusión extrema con sus tramas.

Visceral, intensa, con las emociones a flor de piel, como la gente que retrata y a la que está dirigida Los dioses... consigue una identidad total con el público a partir de dos elementos. Su juego se llama realidad y expresividad narrativa. Cargada de efectismo, con una ágil edición, que da saltos en el tiempo, lo mismo atrás, que adelante y que nos va salpicando en el minuto preciso de las dosis de información indispensables para hacer (emocionalmente) comprensible la cinta, esta obra consigue no pecar ni de redundante, ni de falsa.

Quizás el 100% de las cosas que se ven a lo largo de su metraje no sucedan del modo exacto que se presentan, pero aún así la gente las reconoce, pues hay verdad en las líneas y entre ellas. Daranas no pescó con un catalejo las imágenes que retrata, sino que las parió, fecundado por el día a día de un barrio marginal habanero. Esa es la paradoja del creador que, a despecho de imposibilidades biológicas, puede quedar preñado y dar a luz criaturas como esta. Y este ‘bebé’ nació robusto y con los pies bien puestos sobre la tierra.

Alberto Yarini, un chulo habanero de principios de siglo es el leit motiv de la cinta. Cualquiera podría espantarse nada más con la idea de ver una obra más dedicada al famoso proxeneta, sin embargo, Los dioses... conjura su fantasma, para algo más que una reiteración de su historia, sino para demostrar una tesis: el barrio de San Isidro - donde se desarrolló - tiene un modus vivendi incrustado en la genética de sus hijos, al punto que las nuevas generaciones, a casi un siglo de su muerte, vuelven a reproducir el esquema de Yarini, con preciosismo inusitado y a pesar que el sistema político no es el mismo.



Yarini es un fantasma al que se ponen ofrendas debajo de la Ceiba donde murió. Yarini es la fascinación de los/as antropólogos/as , que ven en este ‘ángel caído’, hombre de sociedad, devenido rey del hampa y las mujeres de la zona de tolerancia habanera, una especie de héroe romántico y al mismo tiempo pervertido. Yarini incluso puede ser el espíritu que habita una poderosa nganga* (un objeto religioso afrocubano), pero ante todo es el prototipo, sin ellos mismos saberlo, de nuevas generaciones de Yarini, que a pesar de los pesares siguen aflorando. Esa es la tesis que defiende el director y me parece lo consigue, sea cierta o no su premisa.

Laura (Silvia Águila) es una profesora universitaria que investiga sobre el famoso proxeneta cubano Alberto Yarini y Ponce de León, asesinado a balazos por sus rivales franceses que controlaban el negocio de la prostitución en La Habana de comienzos del siglo XX. Interesada en demostrar la vigencia del legendario personaje, se adentra en una de las zonas más complejas de la realidad habanera de hoy. Paralelamente, está Alberto (Carlos Éver Fonseca), un muchachón bien parecido, que trata de sobrevivir en esta ciudad a partir de lo único que sabe hacer bien: encantar a las mujeres. Isabel (Isabel Santos), su profesora de la universidad (sí, porque la desventaja económica, no invalida el acceso a la educación superior) le abrió en su momento ese camino, seducida como estaba por el jovenzuelo, que no mide esfuerzos para ascender.

Laura trata de adentrarse en el mundo de Rosendo (Héctor Eduardo Noas), un diplo-babalawo (como comúnmente se conocen los sacerdotes afrocubanos que lucran con la fe), cuyas fronteras éticas son poco definidas y que además de sacarle provecho a su religión, se dedica a la trata de blancas. Como para Rosendo ‘vale todo’, éste convoca a Alberto para “sacar por el techo, volver loca” a la profesorita, que se ha vuelto una espina en su zapato.

Al mismo tiempo, Rosendo quiere cobrar una deuda pendiente que Alberto tiene con él: Sandra. Sandra (Annia Bú Maure) es una prostituta que acaba de salir de la prisión (en realidad debería ser de un campamento de reeducación, pues la prostitución en Cuba no es delito, sólo una conducta antisocial) y que en el pasado tuvo un tórrido romance con Alberto. Rosendo está celoso y quiere la exclusividad de esta mujer que, muy a pesar de volverse la reina de su casa, sigue pensando en el hombre que le ‘mueve sus cimientos’.

Así, la trama va complicándose hasta el desenlace final, previsible, pues ya está implícito en el arquetipo de Yarini, pero que Daranas teje tan bien, que nos logra sorprender. Una vez más, recordemos, que él se hace del efectismo y el sensacionalismo adecuados para lograr una buena comunicación con su audiencia. En la proyección que asistí la simpatía e identidad se hicieron evidentes: no hubo abrazo, ni proximidad, ni demostración erótico-sentimental de los protagonistas que el público no apoyara con sonados aplausos y gritos. Tampoco los momentos de tensión o de clímax dramáticos quedaron huérfanos de la aprobación de aquellos que saturaron el cine Yara, el más famoso de la Calle 23.

La gente ‘lee’, la gente reconoce vecinos (gente real, con nombres reales, como le sucedió a unos compañeros de luneta) y lo más importante: se reconoce a sí misma, aún y cuando lo que se presenta no sea exactamente edificante.

La fotografía llega a ser increíble. La Habana, fotogénica a pesar de sus ruinas y derrumbes, pocas veces gana una mirada novedosa de sus admiradores, acostumbrados siempre a los mismos ángulos y tomas. Aquí, sin embargo, la ciudad aflora con su rostro más inimaginable y la metáfora no sólo vale para el trabajo de cámara. De ahí su suprema coherencia. Su pertinencia en cada minuto.

Todo aquí está en función de la narración y la banda sonora no podía ser menos. La inserción de la canción-tema en momentos-clave, aunque no deja de recordarnos las telenovelas brasileñas, que tan bien lo hacen en su día a día, no deja de ser muy acertada. David Torrens demuestra su vena sentimental, incluso algo patética, pero bella por la pureza y autenticidad.

Las actuaciones por norma están en buen nivel. Incluso intérpretes planos viven muy orgánicamente a sus personajes y quizás sea porque hablamos aquí de gente de carne y hueso y no de caricaturas pobres y desteñidas. Si se escribiera mejor, sin dudas, nuestros actores actuarían mejor. Desde la época de la radio, Daranas demostró tener oído para el diálogo y particularmente para el diálogo popular. Sus radionovelas - famosas en las mañanas de Radio Rebelde, allá por los 90 - prescindían del clásico y cómodo narrador, por eso debían dar todo a través del habla y sin la imagen que siempre ‘da una mano’ en cine y TV. De ahí que él se acostumbró a decir con precisión y con fuerza. Tal vez un milagro o La chica de Ipanema aún viven en mi recuerdo y jamás se comparan con la inaudita y edulcorada versión para la TV que hicieran después tomando sus textos como fuente.

Por otro lado, Shangó*, Yemayá, el ‘muerto’ (los espíritus), la Ceiba... la Virgen de las Mercedes... habitantes todos del mundo mágico-religioso del cubano, entran aquí como personajes con todas las de la ley. Hace mucho que vive en el imaginario colectivo y es hora que les dé el lugar que estos merecen en nuestros medios, no como puro folclor, sino como la fuerza que inspira a cientos de miles de personas que en su vacío existencial compensan su pobreza económica con la riqueza del espíritu.

En fin, que aunque Daranas no se haya ido con un coral del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano y que el jurado tan sólo se contentara con el premio del público - y eso, porque era imposible ir contra la avalancha de votos que recogió - puede tener una certeza: logró conjugar en un relato coherente y con no pocos valores estéticos tres mundos que no siempre andan de la mano, la realidad, el arte y su mundo interior. Con eso, creo que por ahora basta...

*Shangó, dios del fuego, el trueno, la virilidad, los tambores, representa arquetípicamente todas las virtudes e imperfecciones del varón; puede llegar a su arrogante en su inmadurez, pero la vida lo castiga dándole una lección de humildad, que se acaba en una muerte redentora; luego de un exceso de violencia, motivado por su ira, Shangó se da cuenta de su error y termina privándose de la vida; sin embargo, recibe una recompensa, deja de ser humano, para volverse orisha, una cabeza selecta. La selección de Shangó como orisha regente de Alberto, no debe haber sido casual.

*Yemayá, en América es la diosa del mar; en África la diosa del río homónimo y del río Oogun (Medicinal); es el arquetipo de la madre, pues su etimología así lo indica: Yeyé omó eyá (madre cuyos hijos son peces); casual o no, pero dicen que nosotros somos los herederos de los primeros seres anfibios que salieron del mar a la tierra. Para los descendientes de los yoruba en Cuba Yemayá y Shangó se volvieron símbolos identitarios, pues eran las deidades de los dos subgrupos más representados en la isla. Con el tiempo, esa imagen se traspoló al ideario cubano, siendo ambos dos deidades de suma reverencia y popularidad. El factor mar, ayuda mucho en esa devoción.

*Nganga es un receptáculo que contiene piedras, palos y otros objetos de la naturaleza. En su interior, presuntamente, reside un ‘muerto’, un espíritu, que ‘trabaja’ siguiendo las orientaciones (órdenes) de su poseedor. En la imaginería popular estos objetos suelen ser muy efectivos para resolver problemas puntuales y de la manera más rápida. Su origen es congo, pero sólo se evidencia en ciertos elementos de la cosmovisión que la inspira y la jerga sagrada que se utiliza que guarda remanentes de lenguas bantúes.
****PUBLICADO ORIGINALMENTE EL 27-03-09 EN EL PORTAL VOZ DE LA ATEI

La Babilonia ondulante: Historia del carnaval de Río de Janeiro****


¿Quién de los que hoy desfila cada febrero (o marzo, depende de los caprichos de la luna) se pone a pensar que una fiesta tan colorida y explosiva como el carnaval tiene un origen bien más banal y menos glamoroso? Y no es por el hecho de nacer del pueblo que se puede asegurar tal cosa; por el contrario, el pueblo es la fuerza motriz de esta fiesta que convoca los cuatro días previos al Miércoles de Cenizas a millones de personas del mundo cristiano, básicamente de cuño católico.

Y es porque el cristianismo pacato y represivo es la fuente primigenia de esta fiesta, muchas veces bañada de eros y lujuria. Carnaval viene de ‘carni valis’, el momento en que las personas se atiborraban de carne en previsión de una cuaresma marcada por el ayuno y la abstención.

Quizás por ello, por el hecho de tocarles días de duelo y tristeza (el siempre sufrido Jesucristo como leit motiv de tantos pesares), la gente buscaba exorcizar sus demonios, y, en el desafuero más exacerbado, daba rienda suelta a sus apetitos carnales... de las dos carnes, dicho sea de paso.

Hoy en día, poco se guarda del sentido originario de estas celebraciones, pero la euforia sigue siendo la misma. Como diría el poeta: “Tristeza não tem fim, felicidade sim” (A Felicidade Tom Jobim/ Vinícíus de Moraes), de ahí que la mayoría aproveche estos días de asueto para meterse en la piel de un alter-ego colorido y explosivo que le permita ser aquello que se imagina en sus sueños más salvajes.

Entre los carnavales más famosos, sin duda, destaca el de Río de Janeiro, que es el de mayor proyección mediática y el que vive con mayor intensidad en los imaginarios colectivos de infinidad de países. Aunque lo cierto es que en el propio Brasil hay otros no menos coloridos, pero diferentes en su esencia.

En el mundo está el de Venecia, barroco y enmascarado. Estuvo el de La Habana que al ser desplazado a fechas poco usuales (como sucederá en el propio Río, por decreto de su cámara estadual, que además de febrero, tendrá 3 días más de festejos en junio, para calzar el flujo turístico) fue perdiendo con los años su esplendor, hasta transformarse, hoy en día, en una gigantesca borrachera colectiva (triste sin dudas).

Está el de Barranquilla con su sabor tropical, caribeño. En Nueva Orleáns se celebra el Mardi Gras, con su mezcla singular de francesismos, africanismos y americanismos. Y en Portugal, la Isla de Madeira tiene la supremacía en estas materias siendo para algunos antecedente directo de los carnavales brasileños (¿?).

Pero repito, es el de Río, el que todos los años roba la atención a los demás, copando los medios con noticias, que dan detalles de las escolas de samba, sus famosos miembros y los temas de los enredos.

El apogeo del carnaval carioca, como lo conocemos hoy, viene de la mano del apogeo del samba como género de danza; el cual ha quedado indisolublemente asociado a esta fiesta brasileña. Pero al principio el ritmo era otro. En sustitución de las polcas que inundaban los salones elitistas del siglo XIX, vinieron las marchas populares, pícaras e irreverentes a principio del siglo XX. También se modificó el patrón de los festejos, hasta ese momento apenas compuestos por un gran espectro de actividades, cada cual en su estrato social.

Mientras que los ricos se agrupaban en asociaciones carnavalescas y organizaban bailes de máscaras (muy afín al patrón francés que le dio origen a este y otros carnavales), las capas populares estaban unidas en bloques, que representaban distintos barrios, gremios, etc.

Fue Pedro Ernesto, alcalde de Río de Janeiro en la década de 1920, quien oficializó el festejo por primera vez, momento a partir del cual el carnaval carioca ganó otra dimensión. El primer Gremio Recreativo y Escuela de Samba (GRES) que desfilaría por la mítica Plaza Once (escenario original de los desfiles) fue Deixa falar (Déjame hablar) en 1928. Esta sería la célula de otros grupos emblemáticos como Mangueira (1929), Portela (1934) o Estácio de Sá, entre muchas otras.

Junto al samba de exaltación, composición típica del triunfalismo de la era Getúlio Vargas (presidente de Brasil de 1930 a 1945), va surgiendo el samba de enredo o sencillamente samba-enredo, como hoy se le conoce, que fue ganando con el tiempo mayor ritmo y frenesí; aunque quizás perdiendo al mismo tiempo en originalidad y variedad melódica.

Los sambas de exaltación, como su nombre indica, casi siempre se enfocaban en un tema patriótico o histórico, altisonante. Brasil estaba en la efervescencia del Estado Novo, que más que soñar, proyectaba un país grandilocuente y ampuloso. Así, los arreglos pomposos y con abundancia instrumental traducían esa apetencia.

Aquarela do Brasil, hoy himno alternativo de la nación, es el más famoso, pero no el único exponente del subgénero. Ni mucho menos de su autor, Ary Barroso, que compuso también Olhos verdes, entre otros ejemplos de sambas alegóricos.

En los 40 el samba-enredo se vuelve un género comercial. Las disqueras comprenden su potencial y lanzan sencillos con diferentes sambas-enredo.

Y aunque la música enlatada (sobre todo proveniente de los Estados Unidos gracias al programa Hit Parade CBS) desplazó el samba del foco de atención, la zafra ‘sambista’ continuó. Otra Aquarela... esta vez Brasileira (1964), del maestro Silas de Oliveira, es un ejemplo de esta rica producción poética y musical que no se detuvo.

El carnaval va transformándose y perdiendo espontaneidad. La competencia es grande y cada vez hay más medios económicos en juego. La construcción del sambódromo en la Avenida Marqués de Sapucaí de Río de Janeiro (1984, aunque ya se desfilaba por ahí desde el 78) cambia definitivamente el rostro del carnaval carioca. Sus desfiles se enmarcan en un rígido esquema, como un cauce que apresa el agua de un río.

Las escuelas asumidas como patrón definitivo se exportan a otras localidades tan disímiles culturalmente como São Paulo, Río Grande del Sur o Brasilia (en São Paulo, la Vai Vai, existe desde 1937). En todas ellas se reproduce el patrón del carnaval carioca, diferente a los carnavales nordestitos como el de Bahía, Recife/Olinda, etc. Aquí, hay samba, y al tiempo imperan otros géneros como el muy comercial axé music, el vivaz frevo y así por delante.

Ese patrón carnavalesco incluso cruza el océano y llega a Angola, donde se aclimata, aunque mantiene aires muy brasileños.

El aparato para producir un desfile se asemeja al de una producción hollywoodense o de su versión local la TV Globo. Hay compositores, diseñadores, vestuaristas, creativos, etc., todos ellos apoyados por miles de voluntarios que buscan la gloria y el esplendor de su escuela.

Todo tiene un precio y un costo. Los famosos reciben convites para desfilar con las escuelas (canalizando así la atención mediática). Ya los no famosos deben abonar determinadas cantidades en dependencia del espacio que quieran ocupar en el desfile. Los passistas, que muestran sus talentos danzarios en las alas, deberán pagar menos que aquellos que quieran ir en un lugar de destaque en los vistosos carros alegóricos o carrozas.

Las reinas de las baterías se escogen en reñidas competencias en las que las súper-mulatas muestran sus piernas y caderas y, sobre todo, cómo saben moverla al son de una caprichosa batería de samba, compuesta por tan-tans, tamborins, pandeiros, ganzás, agogós, zócalos, etc.

Cada año, las escuelas reciben puntuaciones de acuerdo a la originalidad de la temática escogida, y también de la originalidad a la hora de abordarla. De acuerdo a la puntación, se mantienen en el grupo especial o pasan al grupo de acceso, donde deberán volver a probar calidades para regresar al conjunto de escuelas selectas.

El espectro temático del carnaval carioca es de lo más amplio: desde el folclor afrobrasileño (muy natural y afín a este evento), hasta temas peliagudos como el nazi-fascismo/Segunda Guerra Mundial o la clonación. ¿Se imaginan traducir eso en sonidos y poesía?

Los desfiles - que duran hasta el amanecer del siguiente día, incluso más - están muy cronometrados y cada GRES entra en una hora marcada. Usualmente, el público corea los estribillos, pues ya los conoce de los discos que recogen los sambas- enredos del año. El primero de estos discos fue lanzado en 1968 en la propia Río. Ya en São Paulo, la primera compilación de este tipo data del 77. Contrario a otras épocas, el género no entra en las listas de éxitos y pocas veces sobrevive a esta fiesta, que en los 80 fue famosa por su liberalidad y permisividad sexual.

Hoy en día, aunque los atributos eróticos son un poco más disimulados - no demasiado, no lo vayan a pensar - el fervor continúa idéntico. Y aunque muchos critiquen esta fiesta por creerla prefabricada y carente de verdadero espíritu popular (mucho más tangible en Salvador o en Olinda, por sólo citar dos ejemplos), como decía el famoso crítico y semiólogo Décio Pignatari, allá por los 70: "Al fin y al cabo, ¿no son representantes del pueblo esos cuarenta mil passistas que todos años desfilan en esta Babilonia Ondulante?".

****PUBLICADO ORIGINAL EL 17-03-09 EN EL PORTAL VOZ DE LA ATEI